viernes, 5 de abril de 2019

Memoria y actividad física

MEMORIA Y NEUROEDUFIT

1. ¿Qué es y cómo se divide la memoria?
2. ¿En qué parte del cerebro se encuentra la memoria?
3. Papel destacado del hipocampo en la memoria
4. Impacto de la actividad física sobre la memoria
5. Bibliografía
6. Enlaces de interés

La neurociencia se ha encargado de demostrar como el proceso de memoria es una tarea mucho más compleja de lo que inicialmente se pensaba, donde se interrelacionan varias estructuras cerebrales del sistema límbico, cerebelo y corteza prefrontal, entre otras. El hipocampo es una de estas estructuras y es además donde se almacenan los recuerdos más a largo plazo. Esto es especialmente relevante porque se ha visto que el volumen de esta estructura puede ser incrementada con la actividad física, gracias entre otras, a la mayor producción de BDNF que se produce con esta práctica. Y es que con la actividad física no solo se incrementa los niveles de esta molécula, también sabemos que incrementa la neurogénesis, sinaptogénesis, angiogénesis, la producción de neurotransmisores favorecedores del proceso de aprendizaje y en definitiva, la plasticidad cerebral, con lo que todas las funciones cognitivas van a mejorar, incluida la memoria explícita (la que más se trabaja en el aula), la memoria de trabajo y la memoria a largo plazo.

1. ¿Qué es y cómo se divide la memoria?

El estudio de esta función cognitiva, tan importante y determinante en el aprendizaje y por tanto en el rendimiento académico y cognitivo de una persona, no es nada nuevo. Ya desde la tradición filosófica occidental, con Aristóteles y Platón, se estudió esta función del cerebro. Pocos científicos y pensadores han dejado de lado en sus investigaciones un fenómeno tan íntimo y a la vez tan misterioso como es el recuerdo y el olvido (1).

La memoria es la capacidad del cerebro de retener información y recuperarla voluntariamente, nos permite recordar hechos, ideas, sensaciones, relaciones entre conceptos, codificar, almacenar y recuperar la información del pasado. En la práctica, la memoria es la expresión de que ha ocurrido un aprendizaje. De ahí que los procesos de memoria y de aprendizaje sean difíciles de estudiar por separado.

Aunque recordar una acción o evento acontecido hace unos días parece un hecho sencillo, este proceso es mucho más complejo de lo que creemos. Requiere de la activación de las áreas del cerebro implicadas en dicho recuerdo o huella de memoria. Por ejemplo, si un estudiante trata de recodar un concepto explicado en clase el día anterior, nuestra huella de memoria activará la sensación de la vista, el oído y el tacto (si en esa explicación hubo alguna actividad práctica donde el alumno tenía que manipular). Otros recuerdos implicarán más o menos sentidos, dependiendo de la información relevante para dicha huella de memoria. En el ejemplo anterior, imaginemos que tratamos de enseñar a nuestros discentes unas posturas o asanas de Yoga, si además de usar los sentidos de la vista, el oído y el tacto, usamos el olfato con la quema de incienso durante la sesión, el recuerdo seguramente será mucho más duradero por haber empleado otro sentido más (mayor huella de memoria).

¿Cómo se divide la memoria? 
Aunque habitualmente hablamos de memoria como un concepto unitario, en realidad existen diversos tipos de memoria en función de la información con la que trabajan, el tiempo de retención de la información o experiencias pasadas y otros procesos implicados en el fenómeno de aprender y recordar datos. 

La más cotidiana es aquella que divide la memoria según el tiempo de retención de la información. Se clasifica en:
  1. Memoria sensorial, que es aquella que recoge información captada por los sentidos y permanece muy poco tiempo, apenas unos segundos, si no se procesa en la memoria de trabajo. También podríamos llamarla memoria a corto plazo. 
  2. Memoria a mediano plazo, dura unos minutos y se relaciona con la memoria de trabajo (la definiremos a continuación). 
  3. Memoria a largo plazo, consecuencia de un reforzamiento permanente de la sinapsis gracias a la activación de ciertos genes y a la síntesis de las proteínas correspondientes. Este tipo de memoria puede ser explícita (declarativa) o implícita (no declarativa).
Siguiendo un orden cronológico desde que se siente el estímulo y se pretende aprender – memorizar a largo plazo, primero se genera una memoria sensorial, que pasa a memoria a corto plazo. Si se trata de información relevante y novedosa se convierte en memoria a medio plazo y si finalmente pasa al hipocampo, se convierte en un recuerdo de la memoria a largo plazo. Si la información no es útil, simplemente se olvida y la huella de memoria se diluye. Por el contrario, si se trata de una información relevante y útil, la huella de memoria se mejora y se almacena en la memoria a largo plazo.

La memoria a corto-medio plazo se podría relacionar con la denominada memoria de trabajo o memoria ejecutiva. Un concepto más preciso y adecuado según la neurociencia actual. Esta memoria (de trabajo) es considerada como una de las funciones ejecutivas del cerebro, que junto al control inhibitorio y flexibilidad cognitiva conforman las funciones ejecutivas básicas de la corteza prefrontal. Estas tres funciones permiten desarrollar otras funciones complejas como el razonamiento, la resolución de problemas y la planificación (2). Resulta difícil estudiar la memoria sin tener en cuenta la atención, dado que memorizamos aquello sobre lo que prestamos atención y una vez memorizado decimos que lo hemos aprendido. Por lo que atención, memoria y aprendizaje son conceptos que deben ser estudiados conjuntamente.

La memoria de trabajo, es un almacenamiento temporal breve, muy limitada y susceptible de interferencias y distracciones, permite manejar múltiples datos de manera simultánea durante poco tiempo (por ejemplo, los números de una multiplicación o las palabras de una frase) Retiene y manipula la información que es necesaria para finalizar una tarea en curso (en línea) o para resolver problemas cuando el estímulo que la originó ya no está presente. La memoria de trabajo sólo recibe y retiene aquellos pocos datos sensoriales que la atención selectiva ha captado como relevantes y útiles para poder realizar la actividad, reteniéndola unos pocos segundos. 

La memoria de trabajo la utilizamos a diario, cuando por ejemplo recodamos un número de teléfono para marcarlo, cuando visualizamos a nuestros alumnos mientras juegan en una actividad y pasamos lista en nuestro cuaderno del profesor o mientras les observamos realizando una ejecución concreta y los evaluamos en base a una rúbrica. Si estas tareas no las repetimos una y otra vez, la olvidamos al poco tiempo. Sin embargo, si repetimos a menudo esta actividad, en el ejemplo que hemos puesto de observación del alumno con una rúbrica, podría darse el caso que dicha rúbrica terminara por retenerse y no sería necesaria leerla una y otra vez en cada alumno que tramos de evaluar. Dicho recuerdo (la rúbrica) ha pasado de ser un recuerdo propio de la memoria de trabajo a un recuerdo de nuestra memoria a largo plazo.
La memoria de trabajo, además de la retención momentánea de información, también se encarga de la continua actualización de los datos, ya que manipula y transforma la información “en línea” para planificar y guiar nuestra conducta, a la vez que interviene en importantes procesos cognitivos como la comprensión del lenguaje, la lectura, el razonamiento o el cálculo matemático, entre otros.
Otra clasificación de memoria es la que la diferencia entre verbal, visuoespacial o no verbal y la autobiográfica. El primer tipo de memoria (verbal) es aquella que se encarga de codificar, consolidar, almacenar y recuperar información de carácter auditivo-verbal, palabras, números, historias, etc. y se relaciona en la mayoría de las personas con el hemisferio izquierdo del cerebro. Este es el caso de un estudiante que trata de memorizar en un texto escrito sin figuras, las medidas de un campo de baloncesto, su reglamento y sus aspectos técnicos-tácticos.
El segundo tipo, la memoria visuoespacial o no verbal, es aquella que trabaja con materiales visuales, figuras, colores, localizaciones en el espacio, y guarda relación con el hemisferio cerebral derecho. En el caso anterior, ese mismo alumno dispone de un texto en el que se introducen las figuras (un campo de baloncesto dibujado, los gestos técnicos y tácticos acompañados de figuras a color o un recurso multimedia como el que se aprecia en este enlace: http://www.elmundo.es/jjoo/2004/html/graficos/baloncesto.html).
Por su parte, la memoria autobiográfica es aquella que se refiere a nuestras experiencias vividas, el día de mi boda, dónde me examiné del carnet de conducir, las últimas vacaciones, etc. y parece que su correcto funcionamiento depende de los lóbulos temporales de ambos lados del cerebro. Siguiendo con el caso anterior, el alumno ahora juega al baloncesto, el profesor le muestra el reglamento y los gestos técnico – tácticos mientras experimenta in situ la dinámica de este deporte).

A pesar de darse estos tres tipos de memoria en zonas diferentes del cerebro, la neurociencia ha demostrado que entre ellas existe una interrelación. En un estudio publicado en la revista Consciusness & Cognition (2015) los investigadores observaron que en las pruebas de memoria que evaluaban la memoria verbal también puntuaron más en la de memoria autobiográfica, demostrando así que una buena capacidad de memoria verbal se asociaba positivamente con una mejor memoria de acontecimientos vitales personales (3).

El primer tipo de memoria (verbal) se relaciona con el aprendizaje asociado a palabras o números abstractos, al tener que recodar letras, frase o números. Parece ser que el aprendizaje por visualización, aquel que se produce cuando memorizamos palabras asociadas a objetivos, cosas, situaciones, lugares, fotografías, etc. es un aprendizaje más sencillo, rápido y duradero. Por tanto, desde un punto de vista neurodidáctico, debemos potenciar la memoria no verbal visuoespacial o autobiográfica. Cuando visualizamos algo se activan casi las mismas áreas cerebrales, aunque en menor intensidad, que cuando realizamos la acción (1).

Otra clasificación de la memoria es la que la divide en memoria explícita e implícita, siendo la primera la que se puede verbalizar o explicar, también llamada relacional y aquella que origina recuerdos conscientes sobre el conocimiento del mundo (este es el tipo de memoria que predomina en el aula). El segundo tipo, la memoria implícita, es aquella a la que nos referimos de forma inconsciente, habilidades difícilmente explicables.

Ya sea en un tipo u otro de memoria, en el sentido más amplio de su significado, esta función cognitiva hace referencia a la capacidad de retener, almacenar y evocar información.

2. ¿En qué parte del cerebro se encuentra la memoria?

Aunque el hipocampo es la estructura cerebral más relacionada con la memoria, no podemos localizar los recuerdos en un punto concreto del cerebro, sino que está implicada una gran cantidad de áreas cerebrales.

No obstante, todos los neurocientíficos están de acuerdo en considerar el hipocampo con la estructura que mayor relación posee con esta capacidad cognitiva, en concreto con la memoria a largo plazo, mientras que la memoria de trabajo se produce en la corteza prefrontal.

El hipocampo es una de las cuatro partes del sistema límbico más importantes para el aprendizaje y la memoria. Las otras tres son el tálamo cerebral, el hipotálamo y la amígdala (figura 1). El sistema límbico se sitúa en la parte central y por debajo del cerebro, cobijado por el bulbo raquídeo. Entre otras funciones, las estructuras que lo componen se encargan de la generación de emociones y el procesamiento de los recuerdos emocionales. Su situación entre el cerebro y el bulbo raquídeo permite la interacción entre la emoción y la razón (4). 
Figura 1. Sistema límbico, resaltado en negrita las estructuras que más intervienen en el aprendizaje y la memoria: Tálamo, Hipotálamo, Amígdala e Hipocampo.

Además del hipocampo, también destacan otras estructuras como el núcleo dorso-medial del tálamo para la memoria explícita; o los ganglios basales y el cerebelo para la memoria implícita (aquella referida a las habilidades difícilmente explicables).

El tálamo cerebral, del griego “aposento interior o dormitorio” es la estructura que recoge toda la información sensorial, excepto el olor. De ahí se dirige a otras partes del cerebro para ser procesada. El cerebro y el cerebelo también envían señales al tálamo, implicándolo así en muchas funciones cognitivas, por ejemplo, la memoria.

Por su parte el hipotálamo, situado justo debajo del tálamo, supervisa los sistemas internos para mantener la homeostasis del cuerpo. Se encarga de controlar el equilibrio de diversas hormonas, modera numerosas funciones corporales como el sueño, la temperatura corporal, el consumo de alimentos y líquidos. Esta estructura es importante en los procesos cognitivos porque si alguna de estas funciones corporales se desequilibran, difícilmente el estudiante podrá concentrarse en aprender un contenido curricular, memorizar un concepto o prestar atención a una explicación del profesor (4).

Finalmente, la amígdala, del griego “almendra”, se encuentra pegada al hipocampo (estructura que decíamos posee mayor relación con la memoria). Sabemos que esta estructura juega un importante papel en las emociones, especialmente en el miedo. Dada su proximidad con el hipocampo y gracias a la neuroimagen, también sabemos que posee relación con las actividades y funciones de esta estructura. Los investigadores creen que la amígdala codifica el mensaje emocional (cuando está presente) siempre que se etiqueta un recuerdo para ser almacenado en la memoria a largo plazo. Actualmente no se sabe si incluso los recuerdos emocionales podrían ser almacenados en la amígdala4. Probablemente el componente emocional de un recuerdo o aprendizaje se almacena en la amígdala, cuanto menos, sabemos que la huella de memoria ha pasado por allí dado que es ahí donde se ha producido. Sea como fuere y desde un punto de vista neuroeducativo, si en el proceso de enseñanza-aprendizaje además de utilizar las vías sensoriales de la vista, el oído y el tacto, provocamos una situación donde el alumno se emocione, el aprendizaje será mucho más duradero y sólido, dada la involucración de la amígdala, entre otras cosas. Parafraseando al neurocientífico y divulgador Francisco Mora “sin emoción no hay aprendizaje”. La neurociencia cognitiva nos indica, a través del estudio de la actividad de las distintas áreas del cerebro y sus funciones, que solo puede ser verdaderamente aprendido aquello que te dice algo, aquello que te llama la atención, aquello que genera emoción (5).

3. Papel destacado del hipocampo en la memoria

El hipocampo, situado cerca de la base del área límbica, recibe este nombre por su aspecto a “caballito de mar”, en latín hippocampus (figura 2). Su función principal es consolidar el aprendizaje, es decir, convertir la información proveniente de la memoria de trabajo (función ejecutiva que sucede en la corteza prefrontal) en aprendizaje, a través de las señales eléctricas que se dirigen a las regiones de almacenamiento de la memoria a largo plazo situadas en esta estructura. Un proceso que puede llevar días o meses. El hipocampo supervisa de forma constante la información que se acumula en la memoria de trabajo y se compara con las experiencias almacenadas. Este proceso es esencial para la creación del aprendizaje significativo, aquel en el que se relacionan los conocimientos previos con los que se están aprendiendo, reajustando y reconstruyendo ambas informaciones en ese proceso.




Figura 2. Hipocampo. Recibe este nombre por su parecido al caballito de mar (hippocampus en latín significa caballito de mar). Imagen modificada de wikipedia.

Gracias a los estudios realizados con enfermos cuyo hipocampo estaba dañado o a quienes se les extirpó a causa de un daño cerebral, hoy día sabemos con más precisión cuál o cuáles son las funciones de esta estructura. Estos pacientes podían recodar una información o estímulo durante unos minutos (la lectura de un texto o una acción realizada, por ejemplo), pero al cabo de unas horas esa información ya no la recodaban. Los estudios con neuroimagen han confirmado el papel que el hipocampo desempeña con la memoria a largo plazo o almacenamiento permanente de información. La enfermedad de Alzheimer va destruyendo progresivamente las neuronas del hipocampo y tiene como resultado la pérdida de memoria (figura 3).

Figura 3. Representación de la volumetría del hipocampo en un sujeto con pérdida de mejoría y uno sin ella. En la imagen de la derecha se puede ver una disminución de la porción anterior del hipocampo. Imagen tomada de Ortiz (2011).

4. Impacto de la acción motriz sobre la memoria

Sabemos que por el curso natural de la vida, la memoria es una función que se va perdiendo con la edad, relacionada con la pérdida de neuronas que también vamos perdiendo conforme envejecemos. Sin embargo, este proceso se puede revertir, al igual que también sabemos que puede existir neurogénesis a cualquier edad. La memoria puede ser entrenada mediante estimulación cognitiva, juegos mentales y práctica regular de actividad física a cualquier edad, incluida la infancia y la adolescencia (6).

Según los estudios realizados con neuroimagen por Chaddock y colaboradores en niños de 7 a 9 años, la acción motriz, en concreto la actividad física regular, se relaciona con el volumen de ciertas estructuras cerebrales importantes para la memoria como son los ganglios basales o el hipocampo (7).

La gran mayoría de neuronas se forman antes de nacer y durante los primeros años de vida, sin embargo algunas partes del cerebro adulto (por ejemplo, el hipocampo) mantienen la capacidad de sintetizar nuevas neuronas (neurogénesis) a partir de células madre. Esto es gracias, en gran medida, a los factores neurotróficos, por ejemplo del BDNF (del inglés brain-derived neurotrophic factor), una molécula muy importante en la actividad y funcionalidad de nuestro cerebro, esencial para los mecanismos moleculares de la plasticidad sináptica.

La actividad física hace que esta molécula se produzca en mayores cantidades en nuestro cerebro, promoviendo la supervivencia y el crecimiento de las neuronas en el hipocampo y en la corteza (estructuras que sabemos se relacionan con la memoria). Por tanto, el aumento del BDNF, permitirá el incremento de la memoria y del aprendizaje.

Gracias a los estudios realizados por el grupo de investigación del Doctor Hillman, uno de los investigadores internacionales más prestigiosos en este campo, sabemos que el volumen del hipocampo no solo se incrementa en animales y seremos humanos adultos con práctica de actividad física, sino que también sucede lo mismo en niños, lo que hace que estos se desenvuelven mejor en tareas que requieren la memoria explícita, memoria de trabajo y memoria a largo plazo (7,8). No solo los estudios realizados Hillman y su grupo avalan este hallazgo. En una reciente revisión publicada en la revista Medicine and Science in Sports and Exercise, estas afirmaciones se ratifican con más de un centenar de investigaciones que han demostrado la relación positiva entre actividad física y ciertas funciones cognitivas como la atención, el aprendizaje, las funciones ejecutivas, la velocidad de procesamiento y la memoria (9).

Por ejemplo, en una investigación realizada por Raine y colaboradores (2013) en la que participaron escolares de 9 y 10 años cuyo objetivo fue analizar la relación entre el ejercicio, la memoria y el aprendizaje a través de una tarea que requería recordar nombres y localidades de un mapa ficticio, no se encontraron diferencias durante el aprendizaje inicial entre estudiantes con diferente estado físico. Sin embargo, un día después, aquellos con mayor capacidad aeróbica recordaban mejor la información (10).

En otro estudio llevado a cabo por Kamijo y colaboraores (2011) en el que participaron 43 niños con edades comprendidas entre los 7 y los 9 años, tras aplicar un programa centrado en la mejora de la condición física, quedó demostrado que los niños que formaron parte del grupo experimental, además de mejorar su estado de forma física, también mejoraron en tareas de discriminación de estímulos, un indicador claro de la mejora de la memoria de trabajo y resolución de problemas (10).

Por su parte, Kao, Westfall, Soneson, Gurd y Hillman (2017) han comprobado recientemente que niños de entre 9 y 11 años con una mayor capacidad aeróbica se desenvuelven mejor en tareas específicas que requieren un buen uso de la memoria de trabajo y en tareas matemáticas asociadas a funciones algebraicas. Pero también han encontrado que los niños de esta franja de edad que se desenvuelven mejor en pruebas de fuerza, también lo hacen en tareas de memoria de trabajo (10).

La actividad física temprana favorece el desarrollo de la memoria de trabajo, tal y como indican todos estas investigaciones, incluida la realizada en la Universidad de Barcelona en 1.400 escolares, donde se demuestra que los niños que practicaron poca actividad física durante los seis primeros años de vida, rindieron por debajo de los más activos en test de memoria de trabajo en la adolescencia (11).

También sabemos que el hipocampo es especialmente sensible a enfermedades como la diabetes, la hipertensión y la obesidad, las cuales inciden negativamente sobre su volumen, por tanto en la memoria de estas personas (10). Esto es muy relevante en la infancia porque esta importante región cerebral está en fase de desarrollo y su volumen cambia rápidamente. Dada la relación existente entre el volumen del hipocampo y el desempeño en tareas de memoria, los problemas de salud anteriormente citados (vinculados al sedentarismo) pueden afectar negativamente al rendimiento cognitivo del niño o adolescente, por tanto a sus resultados académicos.

5. Bibliografía:

  1. Ortiz, T. (2011). Neurociencia y Educación. Madrid. Alianza Editorail. Pp. 121-123. 
  2. Guillén, J.C. (2017). Neuroeducación en el aula. De la teoría a la práctica. Poland: Amazon. 
  3. Janssen, S.M., Kristo, G., Rouw, R., Murre, J.M. (2015). The relation between verbal and visuospatial memory and autobiographical memory. Consciusness & Cognition, 31:12-23. doi: 10.1016/j.concog.2014.10.001. 
  4. Sousa, D.A. (2017). Neoruciencia educativa. Mente, cerebro y educación. Madrid. Editorial Narcea S.A. Ediciones. Pp 22-23. 
  5. Mora, F., (2013). Neuroeducación. Sólo se puede aprender aquello que se ama. Alianza Editorial.
  6. Erickson, K. I., Hillman, C. H. y Kramer, A. F. (2015). Physical activity, brain, and cognition. Current Opinion in Behavioral Sciences, 4, 27–32. doi:10.1016/j.cobeha.2015.01.005. 
  7. Chaddock, L., Erickson, K. I., Prakash, R. S., Kim, J. S., Voss, M. W., Vanpatter, M., Pontifex, M. B., Raine, L. B., Konkel, A., Hillman, C. H., Cohen, N. J. y Kramer, A. F. (2010a). A neuroimaging investigation of the association between aerobic fitness, hippocampal volume, and memory performance in preadolescent children. Brain Research, 1358, 172-183. doi: 10.1016 / j.brainres.2010.08.049. 
  8. Chaddock-Heyman, L., Erickson, K. I., Chappell, M. A., Kienzler, C., Johnson, C. L., Knecht, A., Drollette, E. S., Raine, L. B., Scudder, M. R., Kao, S. C., Hillman, C. H. y Kramer, A. F. (2016). Aerobic fitness is associated with greater hippocampal cerebral blood flow in children. Developmental Cognitive Neuroscience, 20, 52-58. doi: 10.1016 / j.dcn.2016.07.001. 
  9. Donnelly, J. E., Hillman, C. H., Castelli, D. M., Etnier, J. L., Lee, S. M., Tomporowski, P., Lambourne, K. y Szabo-Reed, A. N. (2016). Physical activity, fitness, cognitive function, and academic achievement in children: A systematic review: American College of Sports Medicine Position Stand. Medicine and Science in Sports and Exercise, 48, 1197–1222. doi: 10.1249 / MSS.0000000000000966. 
  10. Centro Nacional de Innovación e Investigación Educativa (2017). Plan de Neuromotricidad y Aprendizaje. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. 
  11. López-Vicente, M., García-Aymerich, J., Torrent-Pallicer, J., Forns, J., Ibarluzea, J., Lertxundi, N., González, L., Valera-Gran, D., Torrente, M., Dadvand, P., Vrijheid, M., Sunyer, J. (2017). "Are early physical activity and sedentary behaviors related to working memory at 7 and 14 years of age? The Journal of Pediatrics, 188: 35-41.e1. doi: 10.1016 / j.jpeds.2017.05.079. 

6. Enlaces de interés

  • Van Dongen EV, Kersten IH, Wagner IC, Morris RG, Fernández G. (2016). Physical Exercise Performed Four Hours after Learning Improves Memory Retention and Increases Hippocampal Pattern Similarity during Retrieval. Curr Biol. 11; 26 (13): 1722-7. doi: 10.1016 / j.cub.2016.04.071. http://www.cell.com/current-biology/pdf/S0960-9822(16)30465-1.pdf
  • López-Vicente, M., García-Aymerich, J., Torrent-Pallicer, J., Forns, J., Ibarluzea, J., Lertxundi, N., González, L., Valera-Gran, D., Torrente, M., Dadvand, P., Vrijheid, M., Sunyer, J. (2017). "Are early physical activity and sedentary behaviors related to working memory at 7 and 14 years of age? The Journal of Pediatrics, 188: 35-41.e1. doi: 10.1016 / j.jpeds.2017.05.079. http://www.jpeds.com/article/S0022-3476(17)30775-8/pdf




sábado, 27 de enero de 2018

NeuroEduFit

Este es un blog científico-didáctico en el que trataremos sobre temas relacionados con la Neurociencia, Educación y la Condición física (Fitness). Este blog contiene artículo, enlaces, recursos, vídeo-guías, vídeo-tutoriales y entrevistas de gran ayuda.

"Si no estas dispuesto a equivocarte, nunca serás creativo” (Sir Ken Robinson)

“No es lo mismo 20 años de experiencia, que 20 años con la misma experiencia” (Manuel Delgado Noguera)

“No existen desafíos imposibles, sino voluntades pequeñas” (Francisco B. Ortega y Manuel Castillo)





El blog ha sido creado por el Dr. Daniel N Ardoy y el Dr. Juan Ángel Collado, autores del libro Neurociencia, Deporte y Educación.

Daremos respueta a preguntas del tipo ¿Qué es la neurociencia? ¿Qué es la neuroeducación? ¿Puede la Educación Física mejorar el rendimiento cognitivo de los escolares? ¿Qué beneficios tiene la actividad física sobre el cerebro? ¿Puede la actividad física mejorar el estado de ánimo de las personas? ¿Pueden las metodologías activas mejorar las funciones cognitivas y por tanto el aprendizaje de nuestros escolares?

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